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viernes, 3 de abril de 2026

Más puertas, más oportunidades

Viernes 3 de Abril de 2026

Si pudiera hablarle al muchacho que en 1994 recibió su carta de aceptación a la universidad de Cartagena con el corazón lleno de orgullo, le diría que guardara ese papel. Que lo iba a necesitar para recordar que sí fue capaz, que sí lo habían escogido, porque lo que vendría después iba a hacerle dudar de todo, incluso de su sueño de ser profesional.

Y el año que siguió me enseñó algo que ningún syllabus te enseña: la vida pocas veces resulta como la planeas. Antes de pisar un salón de clases, el Estado colombiano me llamó a otro deber: el servicio militar. No fue una decisión, fue el sorteo. Así que aplazé mi ingreso un año y guardé el sueño de estudiar Administración de Empresas, con la certeza de que al volver simplemente continuaría donde lo había dejado.

Pero al volver, algo había cambiado. Mi cupo ya no estaba en el programa diurno. Aparecí en el nocturno, sin que nadie me lo explicara bien, sin que nadie me dijera por qué. Intenté adaptarme. Pero los profesores llegaban tarde. Algunos no llegaban. Y entonces llegó el paro universitario de 1995, que se tragó el semestre entero.

Recuerdo esa sensación con claridad. Era la sospecha de que quizás la universidad simplemente no era para mí. Que había señales que yo no sabía leer. Que lo mejor era aceptarlo y seguir adelante por otro camino. Hoy claramente entiendo que esa sospecha era falsa. 

Lo que cambió todo no fue una política pública ni un programa de acceso. Fue la generosidad concreta de una persona: mi tía-abuela, Cecilia Uribe. Con su ayuda pude pagar ese primer semestre en la Universidad Tecnológica de Bolívar, la UTB, en Cartagena.

No era el plan original. En Colombia de los noventa en Cartagena, mi percepción era que la universidad pública era sinónimo de mérito, de ascenso, de haber logrado algo importante y para toda la vida. La universidad privada sonaba a segunda opción, a reconocer una derrota. 

Desde el primer semestre entendí que esto era diferente. Los profesores llegaban (incluso los que eran también profesores en la UdeC). Los salones funcionaban. Había exigencia y había orden. Y más importante: había algo que yo había perdido en el año anterior y que recuperé ahí, sentado en esas aulas: la convicción de que ser profesional podía ser una opción real para mí.

Terminé ese primer semestre con resultados suficientemente buenos para que la universidad me otorgara una beca. Y luego otra. Y luego otra. Todos los semestres que siguieron los estudié becado. La UTB me abrió la puerta y yo entré caminando derecho. Soy con mucho orgullo producto del sistema privado. 

Estudié Economía en la UTB. De ahí salí con un título profesional y con una comprensión más clara de lo que significa el acceso a la educación. Años después, gracias a una beca del BID y la CAF, pude cursar mi maestría en la Universidad de Los Andes, otra institución privada de altísimo nivel. Dos universidades privadas me formaron. Dos becas me dieron lo que el sistema público, por circunstancias que nadie controló del todo, no pudo darme en ese momento.

Cuento esta historia no para señalar las fallas de la universidad pública colombiana, que tiene una historia larga, un valor inmenso y desafíos estructurales que merecen análisis serio. La cuento porque creo en algo que a veces olvidamos en los debates de política educativa: los sistemas mixtos importan. La coexistencia de opciones públicas y privadas de calidad amplía el abanico de posibilidades para personas cuyas circunstancias, un sorteo, un paro, una falla administrativa, pueden representar obstaculos inmensos e invisibles para muchos jóvenes.

No todo el mundo pierde el cupo de la misma manera. No todo el mundo tiene un familiar que lo ayude. Pero si el sistema tiene más puertas, hay más probabilidades de que alguna esté abierta en el momento justo. Para ese muchacho que en 1994 recibió su carta de ingreso a la universidad pública y en 1995 salió expulsado de la misma, la puerta que estaba abierta era la de la universidad privada, la UTB. 


domingo, 22 de febrero de 2026

Beyond the Demographic Decline: The Legitimacy Crisis of Higher Education


For decades, higher education operated under an almost unquestioned premise: pursuing a university degree was the safest path toward social mobility, economic stability, and professional prestige. Today, that promise is no longer taken for granted.

Universities face a perfect storm. Much has been said about the so-called demographic cliff, the projected decline in the number of traditional college students resulting from falling birth rates after the 2008 financial crisis. However, reducing the current challenges of higher education to a demographic problem would be an analytical mistake. The real crisis runs deeper: it is a crisis of public legitimacy.

For the first time in generations, broad sectors of society, especially young people and families, are openly questioning the economic value of a university degree. Rising education costs, student debt, and labor market uncertainty have weakened the traditional narrative that college guarantees prosperity. Yet alongside this economic transformation comes a new cultural phenomenon: the emergence of visible, rapid, and seemingly successful professional pathways outside the formal education system.

Today, millions of young people watch in real time as content creators, streamers, influencers, and digital entrepreneurs achieve high incomes, social recognition, and professional autonomy without necessarily attending university. This is not merely an occupational shift; it represents a change in the aspirational imagination of new generations.

Universities no longer compete only with other educational institutions. They compete with TikTok, YouTube, and the broader digital ecosystem as perceived pathways to economic mobility.

Historically, higher education derived its legitimacy from an implicit promise: study, graduate, earn higher income, achieve upward social mobility. That model remains, on average, statistically true. Numerous studies continue to show that university graduates earn higher incomes and experience lower unemployment rates over the course of their working lives. However, public perception is not built on statistical averages but on visible stories. And the stories that dominate the youth imagination today are exceptional cases amplified by algorithms.

The extraordinary success of some digital creators creates the perception that university represents a long, expensive, and uncertain path compared with alternatives that appear immediate and meritocratic. Higher education therefore faces an unprecedented challenge: defending its value in an environment where academic credentials are no longer the sole legitimate symbol of success.

This cultural shift coincides with another structural transformation: universities no longer operate under a regime of automatic social trust. Governments, families, and employers now demand concrete evidence of outcomes: graduation rates, employability, economic return, reduction of social gaps, and contributions to regional development. In this context, a concept that has gained central importance within the U.S. university system has emerged strongly: institutional effectiveness.

More than an administrative office, institutional effectiveness represents a paradigm shift. Universities must demonstrate, through data and evidence, that they fulfill their educational and social mission. Teaching is no longer enough; impact must be shown. In other words, higher education is transitioning from legitimacy based on tradition to legitimacy based on verifiable results.

Comparing universities with the digital creator economy may seem unfair. The vast majority of aspiring influencers never achieve sustainable income or long-term job stability. Viral success is highly concentrated and volatile. Yet the central issue is not economic but symbolic. Universities once monopolized the promise of the future. Today that promise is contested in an open cultural marketplace where success appears attainable without institutional mediation. Ignoring this transformation would be a strategic mistake for higher education.

The challenge for universities is not to compete with content creators but to redefine their value proposition in a world where knowledge circulates freely and professional careers are less linear. The university of the twenty-first century must demonstrate that it offers more than a degree: critical thinking in an era of misinformation, ethical formation in the face of disruptive technologies, analytical capacities that transcend labor market trends, and above all, the ability to learn continuously in changing economies.

Paradoxically, in a world dominated by algorithms and fragmented attention, higher education may recover its relevance precisely as a space for intellectual depth and holistic human development. The current debate should not focus solely on how many students there will be in the future, but on a more fundamental question: Does society still believe that the university is necessary? Answering affirmatively no longer depends on institutional rhetoric but on universities’ ability to demonstrate, through evidence, transparency, and results, that they remain one of the most powerful mechanisms for social mobility, innovation, and democracy.

Higher education is not facing only a demographic decline. It is confronting a historic redefinition of its social contract with society. And how institutions respond to this moment will determine their relevance in the decades ahead.


viernes, 23 de febrero de 2024

La hora del bilingüismo

El Universal, 23 de febrero de 2024 (Enlace)

En esta era dominada por los avances de las nuevas tecnologías, la inteligencia artificial y la cultura de los nómadas digitales, es imperativo ofrecer una educación que asegure al menos un nivel básico de inglés a nuestros estudiantes. El dominio de un segundo idioma se ha revelado como un instrumento esencial para desarrollar habilidades de comunicación intercultural, para ampliar la capacidad de aprendizaje y las oportunidades de vida de las personas, y para generar mayor equidad y justicia social.

Según la multinacional experta en selección de personal, Hays Colombia, saber inglés aumenta en una tercera parte el salario de un profesional y en 50% sus probabilidades de conseguir un mejor trabajo. Sin embargo, a pesar de que la relación positiva entre bilingüismo, rendimiento académico y desempeño laboral está ampliamente respaldada por la investigación, sorprende que aún no hayamos capitalizado este vínculo para mejorar la calidad educativa. Es cierto que existen desafíos en la implementación de políticas bilingües, como la disponibilidad de docentes cualificados, pero la tecnología puede ser gran aliada.

Diversas escuelas y universidades en el mundo y en Colombia están incorporando la inteligencia artificial para crear sistemas de tutorías individualizadas, y se cuentan no pocas plataformas diseñadas para alcanzar metas específicas en el aprendizaje de otras lenguas.

Colombia cuenta con algunos ejemplos de políticas de bilingüismo, como el programa ‘Barranquilla Bilingüe’ en la capital del Atlántico. Asimismo, países tradicionalmente monolingües han adoptado políticas similares: Francia, por ejemplo, modificó su política de exclusividad del francés en la educación superior, al notar que sus universidades podían quedar relegadas del mundo científico.

El estado de Massachusetts (EE. UU.), reconocido por su sector educativo de vanguardia, promulgó la Ley de Oportunidades Lingüísticas para Nuestros Hijos (LOOK Act) en 2017. Para materializar esta regulación, la Universidad de Massachusetts (Amherst) creó el Centro Bilingüe del Oeste de Massachusetts, con el fin de formar docentes bilingües y apoyar la implementación de programas bilingües en las escuelas estatales.

Estos ejemplos pueden servir para el diseño de una ruta propia en territorios que así lo requieren, como Cartagena y Bolívar. Es crucial que las nuevas administraciones locales tomen la iniciativa de diseñar e implementar políticas de bilingüismo para que los jóvenes tengan un futuro que trascienda el mototaxismo y la informalidad.

*Vicerrector Académico (UTB) y Coordinador del Western Massachusetts Bilingual Hub (Universidad de Massachusetts, Amherst).

viernes, 12 de mayo de 2023

Satisfacción y desempeño educativo

El Universal, 12 de mayo de 2023 12:00 AM (Enlace)

Los indicadores recién presentados en la encuesta de percepción ciudadana de Cartagena Cómo Vamos (CCV) son muy llamativos. Primero, porque la satisfacción de los ciudadanos con la educación supera el 80%; y, segundo, porque en el caso particular de la atención a primera infancia, la cifra asciende al 86%.

No obstante, los datos de desempeño contrastan con este aparente positivo nivel de satisfacción. CCV reporta que el 86% de los colegios oficiales tuvo un desempeño bajo en las pruebas Saber 11 (Icfes). Además, según los datos más recientes de estas pruebas estatales (2022), en Cartagena los colegios privados se ubican en promedio 50 puntos por encima de los oficiales. Esta brecha es mucho más amplia que la observada en el país, donde la diferencia es de 30 puntos. Dicho de otra forma, un estudiante de un colegio oficial de Cartagena tiene una desventaja de casi 20% respecto al resultado promedio de un par de colegio privado.

¿Se imaginan lo que representa para un joven iniciar una carrera de 100 m partiendo 20 m atrás? ¿Cómo entendemos la alta satisfacción ciudadana? ¿Por qué los cartageneros somos benévolos con un sistema que muestra tan pobre desempeño?

En 2019, investigadores de la Universidad de Salento propusieron un instrumento especializado para medir la satisfacción en las escuelas italianas. Una de sus principales preocupaciones era que las mediciones de satisfacción se desarrollaron con el fin de evaluar el desempeño de negocios y la percepción de sus clientes con respecto a su calidad. De allí el concepto pasó a la administración pública con no pocas preocupaciones sobre la idoneidad de estos indicadores, que intentan evaluar organizaciones sin ánimo de lucro —como las escuelas— fuera del contexto cliente-producto.

Según el estudio, es probable que los criterios que los padres consideran como satisfactorios sean diferentes a los asociados a la calidad de la educación. Por ejemplo, si la posibilidad de trabajar de un padre o de una madre depende de enviar su hijo al colegio, el solo hecho de que el niño asista a la escuela puede generar satisfacción. Otro elemento estaría relacionado con la capacidad de juzgar qué es una educación de buena calidad cuando nunca se ha recibido.

Las familias juegan un rol muy importante en la educación de los jóvenes. Es necesario, entonces, escucharlas y hacerlas partícipes del proceso formativo, pero ajustando los instrumentos de medición de sus percepciones para que sean más útiles en el diseño de estrategias y políticas educativas.

Las opiniones aquí expresadas no comprometen a la UTB ni a sus directivos.

*Vicerrector Académico, UTB.

miércoles, 22 de junio de 2022

Cobertura en Educación Superior, una propuesta para el próximo cuatrienio

Daniel Toro González, 18 de junio de 2022.

Esta reflexión pretende poner en discusión uno de los mayores retos de la política pública de educación superior en Colombia: ampliar la cobertura, con el fin de construir una sociedad más justa y que siente las bases para una mayor prosperidad en el futuro. Este desafío se puede resumir en las siguientes preguntas: ¿Es posible ampliar el acceso de los y las jóvenes a la educación superior?¿De qué manera se hace posible? ¿Con quiénes puede lograrse ésta meta inaplazable para un país que debe ampliar las oportunidades y garantizar el derecho a la educación? ¿Cuánto cuesta garantizar este derecho?

¿Dónde estamos y adónde queremos ir?

Los jóvenes colombianos con edad para entrar a la educación superior -de 17 a 21 años- rondaron los 4,2 millones de personas en 2020 . Sin embargo, según el Sistema de Información de Educación Superior (SNIES), un poco más de la mitad, el 51%, logró entrar a cualquier modalidad de educación terciaria. Nuestro país muestra un notorio avance, sin duda, a juzgar porque en 2010 esta cobertura rondaba el 39%; pero aún estamos lejos de lograr el éxito de países cuyas políticas públicas nos dispusimos a seguir, como sucede con los países de la OECD, donde el 79% de su población joven tiene garantizado este derecho fundamental (Enlace).

Podemos empezar a ilustrar la dimensión de este reto examinando la estructura de la educación superior colombiana. De los 2,3 millones de jóvenes matriculados en 2020, el 65% son estudiantes universitarios, el 25% asiste a programas tecnológicos, el 3% a programas técnicos y el restante 7% son estudiantes de posgrado (especialización, maestría o doctorado). De la matrícula total, el 80% corresponde a programas presenciales, lo que muestra el avance en cobertura de los programas a distancia, en especial los virtuales, con la pandemia por Covid-19; esta oferta representa cerca del 20% de los programas, casi el doble de su aporte en 2010, del 11%. 

Una de las cuestiones a resolver para el próximo gobierno es ¿cómo puede configurarse una estrategia de ampliación de cobertura de educación superior que sea sostenible, teniendo en cuenta la estructura del sector, las limitaciones de la oferta y las características del sistema mixto (oficial y privado) con el que cuenta hoy Colombia?

El desafío consiste entonces en plantear un esquema que permita avanzar en el cierre de la brecha de cobertura en educación superior que se cuantifica, como se expone según los datos, como la diferencia entre la población entre 17 y 21 años (4,2 millones) y los estudiantes matriculados (de 2,3 millones). En otras palabras, el reto es cubrir cerca de 1,8 millones de jóvenes sin acceso efectivo a este derecho. 

Miremos al futuro 

Partamos la reflexión considerando el desempeño de las que las universidades oficiales, que pasaron de tener en sus aulas a 927 mil estudiantes en 2010, a 1,2 millones en 2020 (276 mil estudiantes nuevos en once años). Esta cifra muestra el norte que debe orientar, al menos en el corto plazo, las acciones de las IES públicas para avanzar en la reducción de la brecha en cobertura. Según la información, la tasa de crecimiento promedio de la matrícula en estas universidades es del 2,5% cada año, con lo cual le tomaría a las instituciones oficiales 35 años para cubrir la brecha de 1,8 millones de estudiantes en sus aulas; esto significa que para cerrar la brecha total de cobertura, deben pasar de 1,2 millones de estudiantes a cerca de 3 millones de alumnos atendidos. Para las universidades privadas, a pesar de que la tasa de crecimiento anual observada en el mismo periodo (2010-2020) fue superior, del 4,6% anual, el número de años necesarios es también alto, 22 años para llegar a la meta de 3 millones. 

Desde el enfoque de la gratuidad, las universidades públicas tienen una capacidad de respuesta limitada y, además, mediada por la transferencia de recursos de distintos niveles de gobierno. Por esta razón -principalmente ante la limitación de infraestructura física-, se puede colegir que la ampliación de la cobertura deberá financiarse con el aumento de las transferencias a las IES oficiales; al engrosarse su capacidad presupuestal y dando un uso óptimo a estos recursos, estos se podrían orientar a ampliar la oferta. Sin embargo, teniendo en cuenta las condiciones actuales de infraestructura física y tecnológica, la disponibilidad presupuestal y de financiación, es poco probable que se puedan ampliar las capacidades del sector oficial, de tal manera que se logre integrar a todos los estudiantes que quedan por fuera del sistema. Por ello, el cierre de la brecha en educación superior es inalcanzable en el mediano plazo si no se trabaja con todas las instituciones de educación superior del sistema, independientemente que estas sean oficiales o privadas.

La dimensión financiera del reto

Podemos acercarnos a  cuantificar el tamaño del esfuerzo presupuestal y financiero que nos permita como sociedad dar oportunidades a todos los jóvenes colombianos. Tomemos el programa bandera -nunca alejado de polémica- de los últimos gobiernos: Ser Pilo Paga (SPP). El costo anual de SPP fue de 2 billones para los 40 mil estudiantes que entraron al programa, lo que implica un costo cercano de $12,5 millones anuales por estudiante (Enlace). Otras fuentes estiman el costo total del programa en $4 billones (Enlace), caso en el cual la matrícula anual rondaría los 25 millones anuales por alumno. 

Ahora, asumamos dos supuestos: que el valor de matrícula anual sea equivalente al 50% del total del gasto anual por estudiante de SPP, y que tomemos como referencia el valor más alto del costo total del programa (de $4 billones). En ese caso, el costo de la matrícula anual sería de 12,5 millones de pesos por estudiante. Con este valor promedio de matrícula anual, financiar la brecha de 1,8 millones de estudiantes costaría unos $23 billones anuales. 

Si se toma el nuevo valor de referencia (costo promedio de matrícula de estudiantes) del SNIES, de $5 millones semestrales o $10 millones anuales, cerrar la brecha en educación superior costaría al año cerca de 19 billones. A todas luces, estos montos -incluso en los casos más bajos- son inalcanzables según las realidades presupuestales del país, ya que el presupuesto nacional destinado a inversión en educación rondó los $50 billones en 2020 (Enlace). A esta dificultad se debe sumar un toque de sensatez: es poco realista esperar que haya una brecha de cobertura de cero. 

Por esta razón, una meta razonable es alcanzar el nivel de cobertura del 79% de los países de la OECD para el año 2030. Es posible lograrlo si la cobertura nacional de educación superior sigue creciendo a un ritmo de 2,3% anual por los próximos 10 años; se trata de un escenario realista, toda vez que la cobertura en educación superior ha crecido cada año, entre 2010 y 2020, el 3,6%. No obstante, como ya lo mencionamos, la dinámica de las universidades oficiales y privadas ha sido diferente: mientras la matricula en las instituciones oficiales creció cada año 2,7% durante todo el período, las privadas duplicaron este crecimiento con una tasa de 4,6% anual.

A manera de propuesta

Si Colombia desea reducir para 2030 la brecha de cobertura en educación superior tomando como referencia los estándares actuales de la OECD, el país deberá lograr una cobertura cercana al 70% en 2026, año de cierre del próximo cuatrienio presidencial. Esto implica dar oportunidades a 412 mil estudiantes durante los próximos cuatro años (a razón de 100 mil cada año). Esta meta es difícil de alcanzar si se pretende incorporar la totalidad de estudiantes nuevos en solo un tipo de institución, sean oficiales o privadas. Para tener un plan viable hay que avanzar en cobertura contando con IES oficiales y privadas, que puedan asumir las matrículas adicionales según la distribución actual de matrícula (un 50% cada grupo). En este escenario, las universidades oficiales asumirían aproximadamente 50 mil estudiantes nuevos al año al igual que las privadas; se trata de un esfuerzo titánico, considerando que todo el programa SPP cubrió a 40 mil estudiantes en cuatro años. 

A pesar de tamaño esfuerzo, ingresar a 100 mil nuevos estudiantes al año en educación superior no es presupuestalmente inviable para ambas IES; esto costaría alrededor de medio billón de pesos al año, considerando una matrícula promedio de $5 millones; en cuatro años esto significa un costo aproximado de $2 billones. Si el esquema de financiación es compartido entre el Estado, las IES y los estudiantes, implicaría una estructura más realista y alcanzable. Por ejemplo, en un escenario donde el Estado asume el 50%, y las IES y los estudiantes un 25%, el plan tendría un costo total de $1 billón, aproximadamente un punto del PIB; el otro billón sería asumido por las IES y por los estudiantes de manera equitativa. Esta alternativa permitiría alcanzar la meta de cobertura cercana al 70% en 2026, abonando el camino para el cierre de la brecha en cobertura respecto de los países de la OECD a 2030 (del 79%).

No obstante, el principal mensaje de lo expuesto es que no es posible avanzar en cobertura de manera significativa sin contar con las universidades oficiales y privadas. Las soluciones unívocas (o de esquina, como se expresaría un economista, para decir que se deja en unas solas manos la solución) no son viables, por lo que es indispensable diseñar una propuesta que aproveche la existencia de un esquema mixto de oferta de la educación superior. La propuesta de incorporar 50 mil estudiantes en universidades privadas y otros 50 mil en universidades públicas es financieramente viable.

Sin duda, el diseño de una política de cierre de brechas en educación superior debe estar además acompañada de un análisis sobre la calidad de la educación y cómo garantizar la maximización del efecto que la ampliación en la cobertura pueda tener en términos de aumento en la productividad. Sin este componente, los esfuerzos por incluir a más jóvenes a programas de formación terciaria pueden ser en vano.

jueves, 4 de noviembre de 2021

Palabras Gala de los Mejores 2021

Daniel Toro González, miércoles, 3 de noviembre de 2021


Buenos días, señor Rector, Vicerrectora, Decanos, directivos, profesores y miembros de esta comunidad UTB.

Es para mi un placer compartir con ustedes este momento, dedicado a resaltar y honrar el trabajo de quienes han logrado lo que antes de marzo del 2020 parecía imposible. Si nos hubieran preguntado en febrero del 2020 cuánto tiempo y recursos nos tomaría llevar todas las actividades académicas a un esquema remoto, el tiempo incluso para estimar estos montos se hubiera contado en meses, en el mejor de los casos. No obstante, una vez enfrentados a la pandemia, la transición de emergencia no nos tomó más de una semana. Por supuesto, la rápida transición hacia nuevos medios educativos fue posible solamente por el compromiso del equipo técnico, académico y administrativo que permitió resolver los múltiples retos, pero sobre todo, a la dedicación, compromiso y flexibilidad de todos nuestros profesores.

Esta Gala de los Mejores esta dedicada a resaltar el trabajo de los profesores, protagonistas del cambio, quienes facilitaron una transición rápida a la Docencia Remota soportada en Tecnologías de Información y Comunicaciones – DoReTIC y en general permitieron dar continuidad a las funciones sustantivas de la universidad manteniendo los valores institucionales de liderazgo, excelencia, respeto, servicio, responsabilidad social, compromiso con el logro y transparencia.

Dice Derek Book, ex rector de la Universidad de Harvard  en su libro “El reto de reformar las universidades” que las encuestas muestran que la mayoría de los profesores nos consideramos mejores que el promedio (Bok, 2017). Que yo recuerde esto sólo sucede también con conductores pasados de copas. No sobra aclarar que no estoy sugiriendo la existencia de ninguna relación causal entre estos dos subconjuntos. Pero fuera de broma, a veces tendemos a ser tan autocomplacientes con nuestro trabajo como críticos con el de nuestros pares, resalta Bok que “La clave para superar la autocomplacencia es obtener mejor evidencia de nuestro desempeño”. Esto por supuesto esta muy en línea con el camino que nos hemos trazado en la UTB. Una universidad tecnológica, en la frontera de la ciencia en muchas áreas y disciplinas se ha convertido en referencia local, regional e incluso nacional, con visibilidad y reconocimiento internacional. Es en este contexto en el que ustedes los profesores de la UTB, incluso en momentos tan complejos como los generados por la pandemia, han demostrado todas sus capacidades y compromiso. 

No son pocos los mensajes que les hemos hecho llegar a miembros de nuestra comunidad lamentando la pérdida de un ser querido. Muchos de ustedes han atravesado los días más difíciles de sus vidas durante este ultimo año, y han estado al día siguiente al lado de sus estudiantes ayudándolos a construir certezas sobre un mar de incertidumbres. Incluso perdimos a miembros de nuestra comunidad, nuestra querida Netty Huertas, a quien extrañamos y que dejó una marca y aportes muy valorados por la comunidad en el desarrollo del turismo. Por eso nuestro compromiso debe ser el de honrar la memoria de Netty y la de todos nuestros familiares y amigos que no lograron superar la pandemia, haciendo lo mejor que sabemos, transformando el futuro con educación.

Es nuestro reto avanzar en un proyecto educativo que nos permita como profesores hacer parte de una comunidad académica vibrante, conectada con las redes internacionales de conocimiento, pero que al mismo tiempo nos permita aportar a la construcción de una ciudad y a una región más justas, más incluyentes.

Sabemos que los retos que nos esperan como comunidad son múltiples y complejos, para la Asociación Europea de Universidades en su informe “Universidades sin paredes: una visión al 2030”, será necesario para las universidades aportar a la solución de la crisis climática y de sostenibilidad, mantenerse vigentes en el acelerado desarrollo tecnológico, ayudar a la construcción de sistemas políticos más estables y que propicien la democracia, combatir la desinformación y la erosión del debate público, ayudar a comprender y aprovechar los cambios geopolíticos del mundo y, por supuesto, combatir (la pobreza) y las disparidades sociales persistentes. Todo esto garantizando la sostenibilidad de largo plazo en un contexto cada día más competitivo e incierto.

Será necesario para enfrentar estos retos, repensar la forma cómo se desarrollan nuestros programas de pregrado y posgrado, promover la interdisciplinariedad y fortalecer el relacionamiento con el entorno. Para lograrlo, al menos en lo relacionado con la formación de nuestros estudiantes, debemos seguir construyendo desde la perspectiva de los resultados de aprendizaje, instrumentos de medición que nos permitan implementar un proceso continuo de reformas y ajustes curriculares que fortalezcan el sello institucional y que nos permitan continuar con el legado de aporte en la reducción de las brechas que enfrentamos como sociedad.

El futuro nos pertenece y con el trabajo de toda esta comunidad seguiremos construyéndolo. Esperamos que el próximo año esa construcción se desarrolle en un marco de completa presencialidad, por supuesto, sin negar los aprendizajes derivados de la pandemia. Es necesario aprovechar los aspectos más positivos de este periodo para fortalecer el desarrollo de nuestras funciones sustantivas.

Por ello, y sin el menor asomo de riesgo de caer en auto-complacencias, me atrevo a decir que la UTB y toda su comunidad académica y administrativa se encuentra preparada para seguir liderando la transformación de nuestra sociedad desde la educación.  

Muchas gracias.

viernes, 30 de julio de 2021

Talentos, genética y educación

El Universal, 30 de julio de 2021  (Enlace)

“Tres extraños idénticos”, un documental que vi recientemente en Netflix, trae a colación la clásica discusión entre naturaleza versus crianza: ¿quien somos depende de nuestros genes o realmente de la guía recibida de padres y allegados? La ciencia tiende a considerar que no existen disyuntivas entre genética y educación.

El audiovisual cuenta la historia de unos trillizos idénticos separados al nacer y educados en contextos diferentes. Muestra también que los genes tienen un papel crucial en las similitudes en su físico, ademanes y movimientos, algunos gustos y hasta en las enfermedades. Pero, por otra parte, la educación que cada uno recibió en hogares diferentes complementó y fortaleció sus capacidades intrínsecas.

Si asumimos que todas nuestras capacidades y competencias están preprogramadas en nuestros genes, nuestro sistema educativo aún tendría el desafío de potenciarlas. Caso contrario pasa con muchos jóvenes colombianos: sus talentos intrínsecos no siempre son acompañados de oportunidades. Esto se evidencia en las universidades, en especial, en el marco de la pandemia. Permítanme ilustrarlo con un ejemplo.

La mayoría de las universidades tenemos algún puntaje mínimo requerido en las pruebas del Icfes (Saber 11) para regular el ingreso a un programa académico. Por la pandemia, en 2020 la presentación del examen se atrasó y las universidades nos vimos en la necesidad de eliminar temporalmente ese requisito. En consecuencia, algunos estudiantes con puntajes bajos lograron ingresar a la UTB.

Luego de un semestre, el 20% de quienes ingresaron con puntajes por debajo del exigido, lograron superar todas las materias en su primer semestre y tuvieron un desempeño superior a la media universitaria. Aunque pasó “raspando”, la mayoría del grupo restante podrá continuar con normalidad su proceso formativo.

Sin este experimento la probabilidad de acceso de este grupo de jóvenes a una universidad de alta calidad habría sido casi nulo. Las universidades debemos saber que se desperdician talentos por la tendencia a homogeneizar los procesos de admisión y a estandarizar los modelos educativos. ¿Cuánto cuesta a la sociedad desaprovechar estos talentos?

Como en el caso de los trillizos, la familia, el contexto cultural y la educación pueden potenciar talentos innatos; para ello es necesario lograr acceso a educación, en especial a la de alta calidad. Las universidades deben identificar y atraer los talentos para darles el tratamiento más adecuado. Un mensaje poderoso de la pandemia es que podemos tomar esta oportunidad para replantear cómo hacemos las cosas.

Las opiniones aquí expresadas no comprometen a la UTB ni a sus directivos.

*Vicerrector Académico, UTB.

martes, 13 de julio de 2021

Educación superior en Latinoamérica en una economía post-COVID

El presente artículo analiza los posibles efectos del COVID-19 en el sistema de educación superior en América Latina, en el contexto de las funciones sustantivas de la educación superior. En él se describen los efectos económicos del COVID-19 en la región, se aborda la incidencia en la formación, investigación y extensión universitarias, así como aspectos relacionados con la internacionalización y con la sostenibilidad de las IES.


Disponible aquí.

viernes, 19 de junio de 2020

Del bus al computador

El Universal, 19 de junio de 2020

El pintor español Martín de Cervera plasmó en una pintura de 1614 una lección de teología en la Universidad de Salamanca y la imagen es muy similar a lo que podríamos ver en las universidades modernas hasta hace unos meses, un profesor frente a estudiantes sentados en un salón de clases. Si bien la radio y la TV, y más recientemente Internet, han abierto la posibilidad a nuevas modalidades de enseñanza, a enriquecer procesos de formación y generar competencias por medio del uso innovador de la tecnología, al final estos medios han sido adoptados marginalmente.

La educación presencial ha prevalecido e irónicamente ha permitido su masificación. Durante años vimos cómo, al compás del avance tecnológico, las universidades se replegaron a los métodos más tradicionales de enseñanza.

En este nuevo contexto, la pandemia llegó para sacar a la sociedad de su zona de confort, y en el caso de las universidades, para impulsar el salto a la adopción de tecnologías aplicadas a la docencia. Finalmente, los docentes universitarios se han abierto a la implementación de nuevas tecnologías en sus clases, aunque de manera obligatoria. A pesar de la generalizada paquidermia transformando sus procesos formativos, los profesores y muchas universidades han respondido a esta crisis de manera relativamente rápida.

Por el lado de los estudiantes se evidencian reclamos por el cambio, dado que hay signos preocupantes de los perjuicios generados por esta abrupta transición. Según los datos del DANE, en Colombia los hogares del estrato 6 cuentan con cobertura casi universal de Internet, pero persisten diferencias inaceptables entre los estratos más bajos de las distintas regiones.

Según el Censo Nacional de Población y Vivienda del DANE, mientras en Bogotá uno de cada dos hogares del estrato 1 tienen Internet (55,9%), en el Caribe sólo uno de cada diez cuenta con este servicio (11,7 %). Ello nos hace la región más rezagada, por encima del Pacífico (su cobertura es de 16,8%).

Otra parte corresponde a la calidad del servicio. Encuestas a profesores y estudiantes revelan que la inestabilidad del servicio de internet y el fluido eléctrico son los factores que más han afectado las clases remotas. Las cifras sobre velocidad del Internet reiteran la necesidad de mayor y mejor conectividad en el país. De un total de 173 países, Colombia aparece de puesto 100 en el Índice Global de Velocidad de Internet por telefonía móvil y de 87 en el de Internet vía conexión fija.

La profundización de la brecha tecnológica toca dimensiones del ser humano diferentes a la educación, como los servicios de salud y bancarios, la recreación o el comercio. El Internet cumple un papel similar al del transporte público: un servicio necesario para acceder a otros en muchos casos esenciales para la vida.

**Las opiniones aquí expresadas no comprometen a la UTB o a sus directivas.

*Vicerrector académico, UTB.

lunes, 8 de junio de 2020

Coach and Coffee with Fulbright

Como respuesta a la coyuntura que atraviesan los hogares frente al COVID-19, la Comisión Fulbright Colombia ha creado la iniciativa Coach & Coffee with Fulbright, un nuevo proyecto que tiene por objetivo compartir experiencias y aportar ideas a los diferentes retos a los que los hogares colombianos se están enfrentando en el marco del aislamiento preventivo.

A partir del lunes 20 de abril realizaremos diversad conferencias con Fulbrighters que, a través de su experiencia, compartirán herramientas, recomendaciones y buenas practicas para enfrentar las circunstancias que se presenta a raíz del aislamiento obligatorio

Invitamos a la Comunidad de Fulbrighters a participar en este espacio, compartir sus historias y plantear sus inquietudes en esta actividad. A continuación lo invitamos a inscribirse en la charla que mas le guste e interese.

Para mayor información no dude contactarse con Natalia Prieto, Coordinadora de Comunidad, (e-mail: nprieto@fulbright.edu.co).


viernes, 27 de septiembre de 2019

Jhonnier y las campanas

El Universal, 27 de septiembre de 2019. (Link)

El 19 de septiembre, la comunidad universitaria se estremeció con el suicidio del estudiante Jhonnier Coronado Vanegas, de 19 años, nacido en Tame (Arauca). La prensa informó que Jhonnier padecía una aguda depresión; algunos medios señalaron que sufrió matoneo. Si así se demostrase, este lamentable evento debería generar una profunda reflexión en el sistema educativo.

Es cierto que la educación puede ser el arma más efectiva para romper el círculo de pobreza en la sociedad, pero el suicidio de este joven pilo nos envía un mensaje de urgencia: las presiones que enfrentan los estudiantes y su salud mental no son un problema menor, y deben ser atendidas con igual interés que el trabajo por lograr mayor cobertura, aumentar la calidad y reducir la deserción en las universidades.

Es una verdad de a puño que la educación superior en Colombia sigue siendo un privilegio. Según el Ministerio de Educación Nacional, en 2017 de cada 100 estudiantes graduados del colegio, solamente 52 lograron iniciar una carrera. Aunque esto representa un “avance notorio” frente a 10 años atrás, el reto no solo es superar los problemas de ingreso a la carrera: de hecho, solo la mitad de quienes logran matricularse se gradúan, esto es, de los 100 estudiantes que egresados de la secundaria cerca de 25 logran su objetivo de convertirse en profesionales.

Existe consenso que los principales retos del sistema de educación superior nacional son mejorar el acceso y la calidad, y aumentar la permanencia. En años recientes, los progresos han sido más claros en los dos primeros que en permanencia, donde aún existe una amplia brecha por cerrar. Colombia es el segundo país de América Latina con mayor deserción.

Sin embargo, no podemos dejar que, en el afán por incluir a más jóvenes en nuestro sistema educativo, contratar más profesores con título doctoral o publicar más investigaciones, se nos pasen por alto las condiciones de ingreso de nuestros estudiantes. Estas son, en esencia, muy diferentes, y es esta diversidad la que debemos considerar en las políticas de acompañamiento para que puedan ser egresados exitosos.

Ha llegado la hora de prestarles más atención a los programas que promueven la salud mental, a evitar el matoneo y alentar a los estudiantes a pedir ayuda. Es deber de las universidades proveer apoyo oportuno a quienes lo soliciten, respetar la dignidad y la confidencialidad.

Este episodio evoca el famoso poema del poeta escocés John Donne: “Ningún hombre es una isla; la muerte de cualquiera me afecta, porque me encuentro unido a toda la humanidad; por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti”.

Las opiniones aquí expresadas no comprometen a la UTB ni a sus directivos.

*Vicerrector Académico UTB.

domingo, 31 de marzo de 2019

Oportunidades en inglés

El Universal, 29 de Marzo de 2019 (Enlace)
No es un secreto que los idiomas se aprenden con mayor facilidad cuando somos jóvenes. Investigadores como Shawn Loewen y Hayo Reinders señalan un período crítico para su aprendizaje, comprendido entre los dos y los trece años. Por ello, la enseñanza del inglés, especialmente en el colegio, puede convertirse en una estrategia efectiva para nivelar el terreno en la educación superior y la vida profesional, especialmente para estudiantes de las regiones donde escasean las oportunidades.
La competencia en inglés, al igual que otras como el razonamiento cuantitativo, la lectura crítica, la comunicación escrita y las competencias ciudadanas, son medidas por el Icfes cada año mediante las pruebas Saber Pro. Según los resultados de la última medición, en 2018 las disparidades entre regiones y departamentos son aún notorias y muy preocupantes cuando se comparan con Bogotá, que supera al resto de departamentos en todas las competencias.
Un aspecto para resaltar en la prueba de inglés es la amplia dispersión entre estudiantes de alto desempeño; en otras palabras, mientras los alumnos de menor puntaje consiguen resultados muy similares independientemente del lugar del país donde residan, las diferencias en esta competencia son muy amplias entre quienes obtienen mejores puntajes.
Lo descrito señala dos enormes retos para los próximos años en materia de aprendizaje del inglés: reducir las desventajas entre departamentos y capitales frente a Bogotá, y aminorar la dispersión entre los estudiantes más sobresalientes.
El dominio de una segunda lengua no es asunto de poca monta. Un estudiante destacado de cualquier región del país logra resultados similares a los mejores alumnos bogotanos en lectura, escritura o matemáticas, mientras que, en inglés, su puntaje es ocho puntos porcentuales más bajo. Diferencia que podría tener una gran repercusión para el resto de sus vidas.
Las menores oportunidades de estudio hacia el futuro ilustran los perjuicios que ocasionan estas brechas. Según el Icetex, las bajas competencias en segunda lengua son la principal causa de cuantiosas pérdidas de becas en el extranjero. Tampoco debemos olvidar que el dominio de una segunda lengua suele servir para discriminar durante los procesos de selección laboral.
Mejoras en la formación en inglés no solo aportan al cierre de brechas interregionales en resultados de aprendizaje, sino también a la remoción de una barrera que impide el despegue regional. En este sentido, los resultados de las pruebas Saber Pro son, más que un problema, un síntoma de la debilidad del sistema para proveer oportunidades.
Las opiniones aquí expresadas no comprometen a la UTB ni a sus directivos.
*Vicerrector Académico, UTB

viernes, 26 de octubre de 2018

Entre educación y catástrofe

El Universal, 26 de Octubre de 2018 (Enlace)

Preocupado por los acontecimientos de su época, en 1920, el historiador y novelista de ciencia ficción británico, H. G. Wells, afirmaba en su libro —de no ficción— El bosquejo de la historia, que "La historia humana se convierte cada vez más en una carrera entre la educación y la catástrofe".

La sentencia de Wells (considerado por muchos el padre de la ciencia ficción por obras como La guerra de los mundos, La máquina del tiempo y La isla del doctor Moreau) describe con bastante acierto la crisis en Cartagena, donde el fallido sistema educativo nos está llevando con avivamiento hacia la calamidad. El preocupante dictamen local se refleja en la desventaja educativa frente a otras ciudades de un país cuyo sistema educativo no es precisamente paradigma universal.

Aunque algunos aspectos muestran avances recientes (la cobertura, por ejemplo), hay otros, como la efectividad del sistema, en los que se tiene una deuda que se amplía más en todos los ámbitos. Esa deuda en efectividad se constata en los resultados de las pruebas Saber, examen que se aplica en distintos momentos del proceso de formación en la vida del estudiante.

Para conocer los rezagos en la efectividad del sistema, el más reciente Informe de Calidad de Vida, de Cartagena Cómo Vamos, aporta información esencial. Sus datos muestran que a medida que los estudiantes cartageneros avanzan en su proceso de formación, sus competencias en lenguaje y matemáticas empeoran, medidas por los resultados en las pruebas Saber entre los grados tercero, quinto y noveno.

Esto significa que con el tránsito por el sistema de educación básica, se reduce la proporción de estudiantes que alcanza niveles avanzados de dominio de las competencias. Esto se cumple tanto para colegios privados como para los oficiales. Ni hablar de los resultados en las zonas rurales. Tristemente, parece que con nuestro sistema educativo no estamos aportando al cierre de brechas sino a todo lo contrario, en un contexto donde los recursos invertidos en llevar a los niños a las escuelas se pierden en una mezcolanza de dejadez y corrupción.

Mucho se acude al lugar común según el cual en Cartagena faltan personas con cualidades de liderazgo, que sean críticas, reflexivas, y que cuestionen el statu quo. Por ello necesitamos salir de la impasibilidad que aletarga a unos pocos: aquellos que se lucran de una sociedad pasmada y sin norte.

La prolongada crisis local impone romper el ciclo que condena a la mayoría a una educación de baja calidad. La igualdad de oportunidades y la meritocracia deben primar en el sistema educativo, de esta manera lograremos darle una mano a la educación para sacarle una cabeza a la catástrofe.

domingo, 8 de julio de 2018

La mala educación

El Universal, 6 de Julio de 2018 (Enlace).

El mundo está cambiando a un ritmo que sobrepasa nuestra capacidad de respuesta, y en este contexto, las instituciones de educación superior (IES) tienen un reto mayúsculo: ampliar las oportunidades de formación de alta calidad.

De acuerdo con la mayoría de modelos del desarrollo contemporáneos, la educación representa un papel central en la construcción de nuestro futuro como sociedad; sin embargo, es claro que en muchos países y en especial en Colombia persisten rezagos de algunas regiones que deben ser superados, entre ellos, los relacionados con educación superior. Estas brechas pueden observarse actualmente tanto en cobertura como en calidad.

En cobertura, al cuantificar el número de estudiantes matriculados en IES entre 2010 y 2016, el Caribe participó en promedio con el 15,2% del total de matriculados, porcentaje que contrasta con su participación poblacional del 22%. Mientras tanto, Bogotá se consolidó como el centro educativo del país, con el 31,5% del total de estudiantes matriculados, pese a representar apenas un 16% de la población nacional. Este desbalance entre oferta y demanda indica que nuestra región es “exportadora” de estudiantes, mientras que la capital del país es “importadora” de talentos.

Entre los ocho departamentos de la región Caribe solamente Atlántico clasifica como un departamento que atrae estudiantes.

Este mismo fenómeno de rezago regional se observa respecto al número de IES, dado que en la región Caribe está aproximadamente el 15% del total, lo que sigue representando un porcentaje inferior a su participación poblacional del 22%. Al igual que en el caso de la matrícula, Bogotá lleva el liderazgo en porcentaje de IES, con 36% del total.

En calidad, la historia de las brechas interregionales se repite. De acuerdo con datos del Ministerio de Educación Nacional (MEN), a mayo de 2017, solamente 44 IES nacionales contaban con acreditación de alta calidad y, de estas, aproximadamente un 11% estaban en la región Caribe, mientras que un 48% lo estaban en Bogotá, lo que refleja importantes desbalances en la distribución geográfica de la calidad.

Como lo señala el Banco Mundial en su más reciente informe, si consideramos que los incrementos en cobertura sin calidad tienen poco impacto sobre el logro educativo y bajos retornos sociales, es necesario que los indicadores, tanto de cobertura como de calidad, avancen de la mano. Los habitantes de la región Caribe merecemos no solamente una amplia oferta de oportunidades, sino una oferta de alta calidad.

viernes, 2 de junio de 2017

Algo más que pavimento

El Universal, 2 de Junio de 2017 12:00 am (Enlace)

Aunque sea una verdad de a puño que la educación es clave para romper el círculo de la pobreza y hacer sostenible el crecimiento económico, en Colombia aún tenemos mucho por aprender.
Según el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), nuestro rezago en capital humano es preocupante. La escolaridad alcanzada por los colombianos adultos en 2014 fue de siete años, mientras el promedio mundial fue de ocho (algo menos que la secundaria). Aún estamos lejos de cerrar la brecha con los países más avanzados, donde el indicador ronda los 13 años.

Las circunstancias por las que pasa la economía nacional reducen el margen para lograr cambios sustanciales en la inversión en educación. En el horizonte se ven nubarrones y los pronósticos más pesimistas indican que vamos camino a una recesión.

Colombia pronto completará 30 años de haber iniciado el proceso de apertura económica que trajo promesas de prosperidad. Sin embargo, aún es una economía con alta dependencia de la explotación de recursos naturales y producción de materias primas.

A pesar de los bajos precios internacionales de los últimos años, esta “locomotora” ha generado cuantiosos recursos en regalías. Son billones de pesos obtenidos de barrenar la tierra que no fueron invertidos en ciencia y tecnología, pero sí en miles de kilómetros de asfalto.

Seguramente contaremos con mejor infraestructura, pero si no hay capital humano que impulse la productividad y la innovación, no estamos haciendo más que alimentar la dependencia de lo que escarbamos para competir por dólares que otros obtienen con mejor educación, creatividad e  investigación. Los colombianos, como el Saturno de Goya, nos devoramos el futuro.

El costo de oportunidad -la segunda mejor alternativa a la que renunciamos- de estos recursos es inmenso: las nuevas carreteras terciarias aumentarán las ventajas de las grandes firmas agroindustriales de monocultivos, pero no tendrán el impacto deseado en crear oportunidades para la mayoría de la gente, como lo haría un sistema educativo fortalecido para las regiones.

Es preciso garantizar la igualdad de oportunidades sin que estas se obtengan por la lotería del nacimiento, como quedó demostrado con los resultados de la evaluación del impacto del programa educativo Ser Pilo Paga.

Mientras esto no ocurra, las capacidades de la sociedad están siendo mutiladas; son muchos los talentos atrapados por entornos empobrecidos. La educación genera capacidades que aumentan la autonomía y frenan la dependencia cíclica de los mercados internacionales. Menos pavimento, más conocimiento.

martes, 16 de agosto de 2016

Strategy and Game Theory

La Facultad de Economía y Negocios de la UTB se complace en anunciar la publicación del libro “Strategy and Game Theory” publicado por la editorial Springer en su serie Springer Texts in Business and Economics. La primera edición del libro de 345 páginas fue publicada el 10 de agosto de 2016. El libro fue escrito en coautoría entre el profesor Félix Muñoz-García, Profesor Asociado de la School of Economic Sciences en Washington State University, y Daniel Toro Gonzalez, Profesor Asociado y Decano de la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad Tecnológica de Bolívar.
El libro provee un gran número de ejercicios resueltos con explicaciones paso a paso, de gran utilidad para estudiantes y profesores. A través de este libro los estudiantes podrán aprender sistemáticamente a aplicar los diferentes conceptos de solución a distintos campos como los negocios, la economía y la ciencia política. El libro cuenta con ejercicios catalogados por nivel de dificultad, desde problemas para estudiantes de pregrado, hasta problemas cuyo nivel de dificultad es apropiado para estudiantes de maestría.
Los primeros seis capítulos cubren juegos con información completa, usando separadamente juegos de forma normal y extensivos. Los capítulos siguientes, dedican especial atención a juegos de información incompleta, como juegos de señales y otros conceptos de equilibrio más avanzados, haciendo énfasis en cada paso del desarrollo y con apoyo en ilustraciones que permiten enfocar la atención del lector en los puntos más relevantes del análisis.
El libro está disponible para compra en pasta dura y en versión electrónica de e-book completo y por capítulos. También se encuentra disponible en Amazon por 89.99 dólares.

·         El libro provee más de noventa ejercicios de teoría de juegos resueltos con explicaciones detalladas paso a paso.
·         Se hace énfasis en los principios económicos que sustentan cada ejercicio evitando notación matemática compleja.
·         Ayuda a estudiantes de pregrado y maestría a comprender el comportamiento de los agentes en situaciones de interacción estratégica.
·         Presenta un ranking de ejercicios por niveles de dificultad que permiten su uso como guía de auto estudio.




lunes, 6 de julio de 2015

jueves, 19 de marzo de 2015

Simuladores de equilibrio

En las clases de Micro II y Organización Industrial he desarrollado algunos simuladores de equilibrio en Excel para modelos de competencia, monopolio, oligopolio, cartel, entre otros. Este es el primero que esta disponible en versión HTML para evaluación. Fue desarrollado con el apoyo del equipo de Educación a Distancia de la UTB. Sus comentarios respecto a aspectos como la utilidad pedagógica de la herramienta, su presentación, su uso, y otros son muy importantes. En el futuro pondré a disposición otros simuladores.