jueves, 24 de febrero de 2011

El Fantasma de Malthus

Es indiscutible que los países deben invertir en innovación para potenciar el crecimiento económico. Tal y como lo señala Philippe Aghion, “la productividad agrícola debió ser igual de alta en 1290 que lo que fue en 1700”. Fue a partir de la revolución industrial que todo cambió. Gracias a la tecnología hoy un ciudadano común cuenta con muchos más recursos que un par suyo nacido antes de la revolución industrial. Es decir, gracias a la tecnología las predicciones maltusianas basadas especialmente en los rendimientos marginales decrecientes de la tierra sin tener en cuenta el impacto de la tecnología en la productividad no se han cumplido hasta ahora.

Sin embargo, dichos avances tecnológicos no suelen llegar a todos los rincones del planeta a la velocidad deseada, de acuerdo con Hobin and Comin (An Exploration of Technology Difusion) “en promedio, los países han adoptado las tecnologías 45 años después de que fueron inventadas”.

Es así como en el marco de un lento proceso de difusión de la tecnología hay países “inventores” que deben estar en la frontera de la eficiencia productiva gracias a la aplicación de dichas tecnologías, y países “seguidores” que se encuentran lejos de la frontera de eficiencia productiva y para los cuales puede resultar más beneficioso comprar tecnología ya inventada que desarrollar la propia, esto implicaría que el gasto en I+D debería ser cero. Hasta aquí todo bien.

El único problema es que al buscar información al respecto es fácil darse cuenta que muchos países que claramente se encuentran lejos de la frontera productiva también invierten en I+D (Investigación y Desarrollo). De hecho, mientras los países más cerca de la frontera gastaron anualmente cerca de 2% de su PIB en I+D entre 1996 y 2007, los países con bajos niveles de ingresos gastaron en promedio un 0.6%, que no es una cifra despreciable de recursos. ¿Por qué? ¿No es pues más eficiente y por ende racional comprar tecnología ya desarrollada para alcanzar o aproximarse a la frontera? ¿Cuál es entonces la razón para que los países menos desarrollados tecnológicamente decidan invertir en I+D?

La explicación de inversión en I+D por parte de países menos desarrollados parece radicarse en la existencia de un efecto indirecto de la inversión en I+D sobre la capacidad de absorción de nuevas tecnologías compradas a otros países. Es decir, invertir en I+D permite que países menos desarrollados puedan aprender más y usar mejor la tecnología que compran a otros países. La presencia de dicho efecto indirecto explicaría las inversiones en I+D en todos los países. A pesar de que alguna evidencia empírica ha sido presentada al respecto, aún queda mucho por entender sobre este tema, especialmente si queremos mantener alejado el fantasma de Malthus.

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