viernes, 3 de abril de 2026

Más puertas, más oportunidades

Viernes 3 de Abril de 2026

Si pudiera hablarle al muchacho que en 1994 recibió su carta de aceptación a la universidad de Cartagena con el corazón lleno de orgullo, le diría que guardara ese papel. Que lo iba a necesitar para recordar que sí fue capaz, que sí lo habían escogido, porque lo que vendría después iba a hacerle dudar de todo, incluso de su sueño de ser profesional.

Y el año que siguió me enseñó algo que ningún syllabus te enseña: la vida pocas veces resulta como la planeas. Antes de pisar un salón de clases, el Estado colombiano me llamó a otro deber: el servicio militar. No fue una decisión, fue el sorteo. Así que aplazé mi ingreso un año y guardé el sueño de estudiar Administración de Empresas, con la certeza de que al volver simplemente continuaría donde lo había dejado.

Pero al volver, algo había cambiado. Mi cupo ya no estaba en el programa diurno. Aparecí en el nocturno, sin que nadie me lo explicara bien, sin que nadie me dijera por qué. Intenté adaptarme. Pero los profesores llegaban tarde. Algunos no llegaban. Y entonces llegó el paro universitario de 1995, que se tragó el semestre entero.

Recuerdo esa sensación con claridad. Era la sospecha de que quizás la universidad simplemente no era para mí. Que había señales que yo no sabía leer. Que lo mejor era aceptarlo y seguir adelante por otro camino. Hoy claramente entiendo que esa sospecha era falsa. 

Lo que cambió todo no fue una política pública ni un programa de acceso. Fue la generosidad concreta de una persona: mi tía-abuela, Cecilia Uribe. Con su ayuda pude pagar ese primer semestre en la Universidad Tecnológica de Bolívar, la UTB, en Cartagena.

No era el plan original. En Colombia de los noventa en Cartagena, mi percepción era que la universidad pública era sinónimo de mérito, de ascenso, de haber logrado algo importante y para toda la vida. La universidad privada sonaba a segunda opción, a reconocer una derrota. 

Desde el primer semestre entendí que esto era diferente. Los profesores llegaban (incluso los que eran también profesores en la UdeC). Los salones funcionaban. Había exigencia y había orden. Y más importante: había algo que yo había perdido en el año anterior y que recuperé ahí, sentado en esas aulas: la convicción de que ser profesional podía ser una opción real para mí.

Terminé ese primer semestre con resultados suficientemente buenos para que la universidad me otorgara una beca. Y luego otra. Y luego otra. Todos los semestres que siguieron los estudié becado. La UTB me abrió la puerta y yo entré caminando derecho. Soy con mucho orgullo producto del sistema privado. 

Estudié Economía en la UTB. De ahí salí con un título profesional y con una comprensión más clara de lo que significa el acceso a la educación. Años después, gracias a una beca del BID y la CAF, pude cursar mi maestría en la Universidad de Los Andes, otra institución privada de altísimo nivel. Dos universidades privadas me formaron. Dos becas me dieron lo que el sistema público, por circunstancias que nadie controló del todo, no pudo darme en ese momento.

Cuento esta historia no para señalar las fallas de la universidad pública colombiana, que tiene una historia larga, un valor inmenso y desafíos estructurales que merecen análisis serio. La cuento porque creo en algo que a veces olvidamos en los debates de política educativa: los sistemas mixtos importan. La coexistencia de opciones públicas y privadas de calidad amplía el abanico de posibilidades para personas cuyas circunstancias, un sorteo, un paro, una falla administrativa, pueden representar obstaculos inmensos e invisibles para muchos jóvenes.

No todo el mundo pierde el cupo de la misma manera. No todo el mundo tiene un familiar que lo ayude. Pero si el sistema tiene más puertas, hay más probabilidades de que alguna esté abierta en el momento justo. Para ese muchacho que en 1994 recibió su carta de ingreso a la universidad pública y en 1995 salió expulsado de la misma, la puerta que estaba abierta era la de la universidad privada, la UTB.